Étienne y el río Santiago

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Fotografía por Santiago J.

“La obsesión de Étienne es el Río Santiago” escribió alguna vez mi amigo y hermano El Negro. Dado que hemos trabajado juntos en causas diversas me sorprendió que le resultara tan evidente. Lo conocí en el verano de 1980, cuando mi familia vino a Guadalajara habiendo emigrado del Distrito Federal. En uno de los primeros viajes de reconocimiento, mi padre -nuestro guía por los pueblos, ríos y lagos de México- nos llevó a la cascada de Juanacatlán. No presumo de poseer particularmente buena memoria pero hay cosas que jamás olvido. Recuerdo que en las pozas previas a la cascada chapoteamos la tarde entera. Mis padres seguramente sabían que sus aguas no eran precisamente limpias, pero esta situación tampoco era muy notable y cualquier moderado realismo no nos impidió gozar de él (de hecho puedo decir que ese día, junto con mis hermanos, nadé en el Santiago). Lo que vimos estaba ya lejos del paraíso que describen quienes antes convivieron con el río, cuando albergaba y dada vida y cuando en ese sitio sus aguas caían majestuosamente y la brisa refrescaba plantas y a los animales que allí se refugiaban durante las soleadas horas del día. De hecho el lugar parecía bastante intervenido con una horrenda carretera que atravesaba por encima de la cascada. ¿A quién se le habría ocurrido hacer tal cosa? Me imagino que además de la practicidad de comunicar dos lados del río, políticos en turno manifestaban de esa manera sus ínfulas de grandeza; así como los españoles construyeron sus templos precisamente encima de los centros ceremoniales de las culturas originales, aquí, como en demasiado lados, codiciosos del poder materializaban de la forma más contundente posible su conquista de la naturaleza. Y vaya que lo lograron: al cabo del tiempo el proyecto modernizador no dejaría, en esas tierras, nada vivo.

Veinte años después de ese primer encuentro decidí dejar de tener una vida partida y renuncié a mi carrera como ingeniero industrial, abandonando a la vez mi incursión en el mundo corporativo: había trabajado años para Hewlett Packard, desde donde se veía todo color de rosa. Era como vivir en un mundo paralelo. Obtuve una beca y me fui a estudiar a una ciudad asentada en las márgenes de otro río, el Támesis. Fue en esos años que me dediqué a pensar, que tuve el tiempo -y la obligación- de relacionar, de cuestionar, que opté por dejar de vivir distraído. Como excursionista, desde pequeño me impactó la acelerada degradación de nuestro entorno y lo extenso de la pobreza. En mi corta vida había sido testigo de una transformación a todas luces negativa. O por lo menos, preocupante. Me comenzó a incomodar que tantos justificaban esta realidad mientras que la palabra ‘progreso’ jamás se acompañaba de nada. Así, dogmáticamente, como verdad superior, aún en nuestros días resulta que ‘esto’ es positivo y deseable. Ya antes había decidido conocer el río y publiqué un texto en el diario Público, que recién emanaba de otra lamentable muerte: la del periódico Siglo 21. En esos tiempos me enfermaba la retórica de políticos -compartida por no pocos ciudadanos- en torno a la cuenca. Me parecía  pobre y sumamente hipócrita: se rasgaban las vestiduras por el ‘uso desmedido’ del agua del Río Lerma por parte de estados vecinos y montaron una obra teatral ‘en defensa de Chapala’. El editor del diario aceptó mi propuesta y me fui a recorrer tramos del moribundo río junto con mi querido tío Ernst (q.e.p.d.), documentando los efectos de nuestra contaminación. Mi acompañante -alemán- no podía dar crédito a lo que veía. Recuerdo dramáticas escenas de tortugas terrestres y aves migratorias muertas en las orillas de la presa Santa Rosa por atreverse a beber su agua. El artículo “La Zona Metropolitana de Guadalajara mató al Río Santiago” era sin duda uno de denuncia. Pero yo aún comprendía poco y ciertamente todavía no conocía los testimonios de los moradores de la cuenca de El Ahogado -experiencia que me cambió la vida.

Luego de años de investigación sobre el arreglo institucional ambiental y la gestión del agua en México, de participar en varios intentos de cambio, y de acompañamiento a pobladores de El Salto (varios de ellos ahora entrañables amigos) me quedan claras algunas pocas cosas: es una mentira que la riqueza económica derivada de matar al río (entre otros ecocidios) algún día nos permitirá sanearlo (¿dónde está el cochinito?); a los políticos no les importa, ellos siempre vivirán lejos de éste como de tantos otros problemas. Tampoco a la gran mayoría de los empresarios, con su ya tradicional visión de minúsculo plazo; nos compete ciertamente a todos pero las responsabilidades son diferenciadas. El asunto se tomará en serio cuando políticos y funcionarios sientan temor frente a una sociedad que demanda otra forma de hacer las cosas; el río ‘pertenece’ a la metrópoli y la ciudad tiene que hacerse cargo de recuperarlo; y, tal vez lo más importante, nos toca a los habitantes de esta ciudad convertirnos en ciudadanos; entender y apropiarnos de esa responsabilidad -como de tantas otras. Debemos cambiar un montón de hábitos y prácticas, y los despiertos y dispuestos habremos además de intentar hacer que las cosas sucedan. Hoy por nuestros vecinos que luchan por desafiar la enfermedad, mañana por el futuro de todos. Con el deseo de que algún día volvamos a poder nadar en él. Por nuestro río.

Étienne von Bertrab, Londres, marzo de 2011

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