Disminuir Nuestros Desechos: Dos Medidas Caseras

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Por William Quinn

Dos de las principales fuentes de contaminación del Río Santiago son nuestras aguas residuales domésticas, y la basura doméstica que va a dar a los grandes rellenos sanitarios de Hasar’s, Picachos y Laureles, los tres en las proximidades del río, o de arroyos afluentes al río. Si bien hacen falta respuestas políticas y soluciones a nivel macro para mitigar estas situaciones, uno siente ganas de hacer algo ya, aunque sea a nivel de su propio hogar, para no estar contribuyendo tanto al envenenamiento del principal río del Occidente de México. Yo he hecho algunos experimentos en mi casa que podrían ser reproducibles en la tuya.

Muchos saben que la basura orgánica puede aprovecharse para hacer composta, pero más de uno se desanima al ver el esfuerzo y el tiempo que se recomienda en la literatura para producir una composta perfecta—las proporciones precisas de materia húmeda y seca, el cuidado del pH y de la temperatura, el volteo oportuno, el cribado, las lombrices. Yo realmente no tengo mucho tiempo para dedicar a mi jardín y a mi composta, sin embargo durante más de 20 años he reciclado en casa casi todos los desechos orgánicos que producimos, tanto de la cocina como del jardín. Confieso que tomo muchos atajos, y no sigo todas las recomendaciones; sin embargo, la composta que resulta me ha servido para macetas y jardineras, flores y hortalizas.

Agua para el jardín

La compostadora que instalé un una esquina del jardín es una estructura muy sencilla: dos paredes de tabiques encimados sin mezcla, perpendiculares al muro del jardín que forma la tercera pared. (A insistencias de mi esposa forré dicho muro con block viejo, detalle que me pareció innecesario.) Las paredes de tabique miden aprox. un metro por un metro, y entre una y otra hay unos dos metros. Estas medidas obviamente pueden variar según el espacio disponible, y la cantidad de desechos orgánicos que uno quiera reciclar. Para la cuarta pared hice dos simples portones de tablas que se recargan contra los muros de tabique, para que sean fáciles de quitar cuando quiero voltear la composta o sacar para mis macetas. No tiene tapadera, aunque sé que debería—a ver si encuentro algún día una lámina que dé la medida, o una lona. He plantado algunos arbustos alrededor para que la compostadora no se note tanto. Y eso es todo. Si invertí dos horas en la construcción de mi compostadora, se me hace mucho.

Luego le empecé a echar todos los desechos orgánicos que salían de la cocina y del jardín. Seré franco—no cuido las proporciones de material seca y húmeda, porque si tengo más de una cosa (casi siempre la húmeda), ¿qué hago con ella mientras se junte la otra? Ciertamente quiero producir una buena composta, pero también quiero dejar de enviar desechos orgánicos al carretón de basura, y no quiero complicarme demasiado la vida. Así que aviento todo a la composta conforme vaya saliendo—cáscaras de frutas y verduras y hasta de huevo, pan seco que nadie comió, los granos del café, bolsas de té, servilletas, pasto cortado, hojas secas, ramas trituradas, hasta el aceite de cocina usado, huesos y las heces de la perra. Por lo que yo he visto, las bacterias y las cochinillas y los niños de la tierra y los otros mil organismos que habitan mi compostadora no se indigestan con nada. Cabe mencionar que entre los mil organismos hay cucarachas, animalejo al que tengo una fobia irracional. Lo bueno es que suelen quedarse ahí, pues hay mucho más de su interés en la composta que en la casa. De vez en cuando veo unos ratoncitos también, pero el gato de la casa los mantiene a raya.

La composta, como está bien ventilada, no huele mal, a menos que se acerque uno mucho. Cada que me acuerdo (pueden pasar semanas o meses), le meto el trinche para voltearla, cosa que me lleva de 5 a 10 minutos. Y cuando quiero sacar para macetas o jardineras, simplemente hago a un lado una parte del montón, y saco composta razonablemente buena de la parte de abajo. No la cribo ni nada; la echo con todo e imperfecciones (ramitas, pedacitos de cáscara de huevo, hojas a medio digerir, etc.). Compostaje para flojos, o para gente muy ocupada… A la plantas no les parece molestar. Me ha servido para sembrar lechugas, jitomates, tomates, calabacitas, albahaca, orégano, espinacas, frijol, romero, menta, eneldo, también flores y arbustos de adorno.

Ahora, el tema de las aguas residuales me ha costado más trabajo, y todavía no tengo una solución que me satisfaga del todo, pero algo he avanzado. El agua es un recurso que se puede reciclar, pero lo hacemos poco, en parte por el diseño maravilloso de nuestro sistema urbano de desagüe. El agua sucia que desechamos de la lavadora, del trastero, de la regadera, del excusado, simplemente desparece de nuestra vista y de nuestros pensamientos.

Por un lado, qué bien que eso suceda, porque el agua sucia puede ser vector de enfermedades mortales. Pero esa agua no desparece de la faz de la tierra; corre por gravedad por los colectores y los arroyos, y se acumula en las partes geográficamente bajas. En la Zona Metropolitana de Guadalajara, las aguas negras se acumulan en lugares como Las Pintas, La Huizachera, La Experiencia, El Ahogado, La Perla, La Cola de Caballo, y finalmente en el Río Santiago. Es decir, obligamos a la gente de esos rumbos a convivir con los desechos que nosotros no queremos ver, situación manifiestamente injusta, pero ése es tema para otro blog….

Por otro lado, deberíamos escandalizarnos por dejar ir tan fácilmente un recurso valioso como el agua después de un solo uso. ¡Ni que fuera desechable! No tiramos los toallas después de secarnos una vez, ni los calzones cuando nos cambiamos de ropa.

¿Pero qué puede hacer uno? Ni modo dejar de bañarse. Ciertamente mucha gente aprovecha el agua sucia del trapeador para regar sus plantas, o junta el agua de la regadera en una cubeta para echar al excusado. Todo eso está bien, pero yo tenía ganas de reciclar agua de una manera más sistemática, las aguas grises por lo menos. (El reciclado de aguas negras también es tema para otro blog…) Algunos amigos arquitectos me hablaban de abrir una serie de fosas: primero para sedimentar sólidos, luego para desnatar grasas y jabones, luego para clarificar con plantas acuáticas. Pero bueno…, cualquiera que ya haya leído sobre mi técnica compostera sabrá que ese diseño resultaba demasiado complicado para mi ritmo de vida. Yo quería algo sencillo y de bajo mantenimiento. Además, el jardín de la casa es pequeño, y no me imaginaba dónde podría caber tanta fosa.

 

Finalmente se me ocurrió una buena “mexicanada”. Contraté a un fontanero para que me desviara los tubos de desagüe del lavabo y la regadera del baño del segundo piso, también de la lavadora y de una bajante que recoge agua de lluvia del techo. Y compré un tinaco que monté sobre el lavadero en una bodeguita donde guardo herramientas y bicicletas. Ahora todos esos desagües desembocan en el tinaco, al que conecté una manguera que va al jardín. Generalmente dejo la manguera abierta, así que las aguas grises del segundo piso van a dar directamente al pasto y las jardineras. Cuando me acuerdo, muevo la manguera a otro rincón del jardín. Tenía algo de temor de que el shampú y el jabón fueran a quemar el pasto, pero en un año eso no ha sucedido. Al igual que la composta, el suelo es una comunidad de organismos vivos, y no les ha costado trabajo digerir mis aguas grises. Ciertamente en la casa somos conscientes (hasta cierto punto) a la hora de lavar la ropa, y no solemos usar detergentes muy agresivos ni cloro. Mi esposa a veces usa un desmanchador que no creo que el pasto agradezca, pero ha de llegar tan diluido que no ha hecho daño. Ahorita estamos en la parte más seco del año, y el pasto y las flores están más verdes que nunca, regados en su mayor parte con aguas grises.

 

Para regar

Dije que no estoy del todo satisfecho con el sistema. Por una parte, las aguas grises huelen mal cuando recién salen de la manguera, pero al salir al aire libre se les quita el mal olor en cuestión de minutos. Luego, la llave de salida del tinaco se tapa muy seguido. No es difícil de destapar, pero es una lata. Y las aguas grises del primer piso, principalmente de la cocina, se siguen tirando a la alcantarilla porque aún no se me ha ocurrido una manera fácil de rescatarlas. A ver si los lectores del blog pueden sugerirme algo.

Dos medidas caseras, insuficientes ciertamente para resolver el problema del río. Pero peor es nada, y se me hace importante que los que vivimos en ciudades nos demos cuenta de los desechos que producimos, aunque la infraestructura urbana los haga desaparecer como por arte de magia. Y no sólo que nos demos cuenta, sino que nos hagamos responsables de ellos, sin poner en riesgo la salud, obviamente, ni la buena convivencia con los vecinos. Y si de paso les sacamos algo de provecho, bueno, mejor todavía.

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